Aprendizaje y soberanía interior como forma de libertad.
Rendirse
Poema sobre la rendición consciente
La mente aprende a inclinarse
Rendirse es inclinar el rostro del ego
cuando reclama su trono.
Si dicta, exige, miente,
respondo:
no eres mi conciencia,
ni su lucidez:
solo un instrumento para afinarla.
En el centro del templo
una dimensión se abre.
La razón puede entrar
sin poseerme.
Desde ahí gobierno.
El instante deja de escapar
Estar en presencia no es estar aquí ni ahora.
En la dimensión del presente el tiempo no existe.
Es desvanecerse
y habitar
sin sentir que la densidad es ajena. Continuamente.
Cuando dejo de empujar el momento,
cesa la huida del instante.
Se adhiere al cuerpo en danza.
Cada desafío es un paso antiguo,
una pantalla donde aún no integré el movimiento.
Permito que el aprendizaje me encuentre.
El maestro
El error no es enemigo.
Golpea mi puerta con los nudillos de la prueba.
Mensajero de ojos severos
que me muestra lo que aún rechazo amar.
Le sostengo la mirada.
Digo: Gracias.
En su filo reconozco mis carencias
y espero, al acecho,
la siguiente misión.
Entonces lo de afuera deja de ser el contrincante:
se vuelve un caballo manso que avanza hacia el núcleo.
La entrega reconfigura la meta.
El pulso del amor recuerda su origen
El amor no vibra para sí:
es pulso magnético,
atracción hacia la fuente;
unidad reclamando su completitud.
Me pregunto:
¿Esto expande o contrae el propósito?
En esa no medida secreta
reside la libertad.
Entonces la acción —río obediente que escucha el llamado de las aguas profundas—
se ordena alrededor de la transparencia interna.
El hogar
Hay casas que pesan
y otras que oran.
La diferencia no está en quien las habita,
sino en el acto humilde
que es capaz de contener la sanación de la tribu.
Cuando cesa la búsqueda del resultado,
la belleza trabaja sola
a través de las paredes.
Solo existe la quietud
No hay destino,
solo un ritmo que se alinea
con la respiración del todo.
Darse cuenta ya no duele:
la herida se disuelve en su sentido.
Lo que queda en pie
no es resistencia,
sino presencia inmóvil
que observa sin nombrar.
Quietud consciente de sí,
sostenida por la certeza
de que nada fue en vano,
tampoco necesario.
El juego revela su trampa
Intuyo la arquitectura.
En cada casilla
una ficha me invita a moverla.
Juega contra mí, me seduce,
juega conmigo.
Subordino el tablero:
ordeno mis emociones.
Las nombro. Lo que siento no soy yo,
y a veces, ni siquiera nace de mí.
En lo profundo, parte de las reglas están
ocultas tras símbolos. La respiración las descifra.
Entonces la nota encaja en su ritmo:
el error, el hogar, el amor, la causa.
Nada me pertenece.
✦ Trasfondo
Este poema atraviesa la alquimia de la rendición: la mente que se creía reina aprende a inclinarse ante la conciencia que la habita. Cada bloque —razón, instante, error, amor, hogar, quietud, juego— revela un pliegue del aprendizaje interior. No hay moraleja ni dogma, solo una forma nueva de entender la elección como forma de soberanía interior.
✦ Interpelación
¿Y si rendirte no fuera perder, sino volver a habitar tu centro?
